En mis acompañamientos y conversaciones con profesionales independientes aparece una pregunta de manera recurrente: ¿cómo ponerle un valor justo al trabajo que hacemos?
No importa si la disciplina es diseño, psicología, arquitectura, comunicación, fotografía o contaduría: el dilema es el mismo. Miedo a pedir demasiado y quedar afuera; miedo a pedir poco y terminar trabajando doce horas por día para llegar a fin de mes.
Para echar luz a la valoración que le damos a nuestro trabajo, hay dos grandes ramas que tenemos que evaluar de manera minuciosa: una externa, analizando cuánto vale nuestro trabajo en el mercado actual, y una interna, que tiene que ver con identificar nuestras habilidades y ponerlas en valor. En esta segunda vamos a enfocarnos.
La palabra valor proviene del latín valere, que significa «ser fuerte». Dentro de la familia de palabras que se desprende de este vocablo encontramos valiente, valeroso, validez. ¿A dónde quiero llegar con esto? A que muchas veces la subvaloración de nuestro trabajo está relacionada con nuestra propia autoestima, con no animarnos a darle la importancia que tiene lo que hacemos.
¿Cuántas veces minimizaste o restaste importancia a las acciones que realizás cuando contás lo que hacés en tu trabajo? Este hábito, muy común entre profesionales independientes, es contraproducente: por miedo a sonar soberbios minimizamos lo que hacemos, desmerecemos nuestras habilidades y capacidades, nuestra experiencia y nuestros estudios. Volver a dimensionar —de manera justa y real— el esfuerzo que hay detrás de lo que hacemos es clave para empezar a entender cuánto cobrar. No sólo es un trabajo interno: también implica trasladar estas ideas a la comunicación. Educar a futuros clientes sobre el compromiso que requiere nuestro trabajo es importante para no subvalorarnos.
Hay otro elemento que no tiene muy buena prensa pero que, al momento de pensar en el valor de nuestro trabajo, es clave: la expectativa que tenemos de nosotrxs mismxs. Es importante preguntarnos cuánto queremos ganar. Sentir que no estamos obteniendo lo que buscamos es frustrante; en cambio, adueñarnos de nuestra ambición nos motiva, nos enfoca y —sobre todo— nos aleja del miedo, ese que nos hace procrastinar y reduce nuestra confianza.
Por todo esto, ponerle valor a nuestro trabajo tiene que ver con la valentía. Implica un análisis objetivo de nuestras capacidades y de nuestro diferencial como profesionales. Implica ser fuertes. Implica creérnosla más.
El segundo paso es convertir esa ambición en un plan: definir cuántas horas queremos trabajar, identificar qué tipo de clientes o proyectos nos nutren más y, a partir de eso, trasladar nuestro diferencial a la comunicación para que lxs demás lo conozcan.
