Vivimos rodeados de automatismos y exigencias. La rutina nos da cierta eficiencia y además nos adormece. Tenemos poco tiempo, nos juntamos poco con otras personas, pensamos igual, actuamos igual, el algoritmo se cierra sobre sí mismo en aquello que consumimos en redes y sin darnos cuenta, dejamos de preguntarnos si hay otra forma.
Sin embargo, las mejores ideas no nacen en piloto automático: surgen cuando algo nos sacude, aunque sea apenas. Las mejores ideas nacen con otros, al hablar, al intercambiar, proyectar e incluso disentir. Y si pensamos en nuestras cotidiana, cuando nos desconectamos de la rutina y rompemos hábitos, aunque sean pequeños. Ya sabemos que hacer lo mismo de una forma diferente nos obliga a usar el cerebro de otra manera, lo que genera nuevas asociaciones, y en definitiva, nuevas ideas. Y eso, al final, nos acerca más a quienes queremos ser.
Aquí les comparto algunas formas simples de ejercitar la creatividad en lo cotidiano. Todas están ligadas a lo sutil, lo sensorial y lo inesperado y son aquellas que podemos hacer en cualquier momento:
Tomar rutas diferentes: Cambiar el camino habitual al trabajo, la escuela de los chicos o nuestros espacios recurrentes nos obliga a prestar más atención al entorno, en lugar de operar en «piloto automático».
Probar un plato nuevo: Despertar los sentidos con sabores distintos es una forma poderosa de estimular el cerebro.
Escribir con la otra mano: Un reto simple pero efectivo para activar nuevas conexiones neuronales.
Escuchar música distinta: Explorar géneros, ritmos e instrumentos desconocidos amplía nuestra percepción auditiva y emocional.
Cambiar el idioma del teléfono (y si te animas, ponerlo en blanco y negro sumas múltiples beneficios).
Hacer turismo en tu propia ciudad: Explorar lugares que nunca visitaste, aunque estén cerca, te ayuda a ver tu entorno con nuevos ojos.
Fotografiar lo cotidiano: Descubrir detalles inusuales en tu casa, la gente, tu calle o tus plantas te permite mirar lo familiar con una perspectiva renovada.
Pensar distinto no siempre requiere grandes cambios. A veces, basta con mover una pieza del tablero cotidiano para que aparezca una idea nueva, una emoción inesperada o una versión más auténtica de nosotros mismos. Y esa transformación, por más íntima que parezca, se potencia cuando se comparte. Por eso siempre, siempre voy a sugerir el encuentro con otras personas como fuente de enriquecimiento ideacional: porque el intercambio nos amplía, la conversación nos afina, y la construcción con otros nos recuerda que la creatividad no es sin vínculo.