Hace tiempo también quise explorar otra dimensión del vínculo con el trabajo, una que aparece menos en las conversaciones cotidianas pero que revela mucho sobre cómo atravesamos los momentos difíciles: la posibilidad de pedir ayuda cuando algo en lo laboral se desordena. Para eso subí una encuesta a LinkedIn, enfocada en indagar cómo distintas personas se relacionan con el acompañamiento profesional en situaciones de crisis: la posibilidad de pedir ayuda cuando atravesamos una crisis laboral.
Pregunté, simplemente, si las personas recurrirían a un acompañamiento profesional en un momento de crisis y ofrecí la posibilidad de diferenciar la respuesta según género. Las respuestas revelaron diferencias importantes: mientras que todas las mujeres que respondieron dijeron que sí, entre los hombres el porcentaje bajó al 69% y entre personas no binarias al 67%, aunque en este último caso el universo de respuestas era mucho más pequeño (me falta entenderlo mejor).
Estos datos muestran algo que vemos con frecuencia en los procesos que acompañamos. Las mujeres suelen tener una mayor disposición cultural a pedir ayuda, a habilitar la palabra, a buscar espacios donde pensar lo que les pasa. En muchos casos, porque sus trayectorias laborales vienen atravesadas por experiencias de mayor incertidumbre, tensiones o desigualdades, y porque encuentran en el acompañamiento un sostén para reorganizarse. En el caso de los hombres, la resistencia o la duda dicen mucho más que el porcentaje: hablan de mandatos de autosuficiencia, de la dificultad para mostrarse en crisis, del temor al juicio y de una menor familiaridad con los espacios de escucha. Es un «no» que tiene historia. En las respuestas de personas no binarias aparece también una inclinación hacia el sí, pero la muestra es tan reducida que invita a trabajar ese universo con mejores herramientas y mayor profundidad.
¿Por qué importa esto? Porque en una crisis laboral no solo se juega el trabajo, sino la identidad, la autoestima, el sentido. Pedir ayuda no es una señal de fragilidad, sino un acto de coraje. Es reconocer que algo necesita ser pensado en compañía, que el malestar merece un espacio y que transformar el trabajo implica también transformar la narrativa que tenemos sobre nosotrxs mismxs. Pero estas respuestas también muestran que no todas las personas enfrentan la crisis desde el mismo lugar. Las posibilidades de pedir ayuda están atravesadas por género, historia, acceso y cultura emocional. El deseo de cambio puede ser individual, pero las condiciones para desplegarlo son profundamente colectivas.
Pensar el trabajo como una experiencia subjetiva implica reconocer que no todas las trayectorias están disponibles para todos los cuerpos. Que hay silencios que pesan más en unas identidades que en otras. Y que el acompañamiento profesional no es solo una herramienta clínica, sino una forma de construir comunidad, de dar lugar a preguntas difíciles, de legitimar el malestar y de habilitar relatos que abran nuevos caminos.
Si te interesa ver cómo estas tensiones aparecen ya en la forma en que las personas nombran su vínculo con el trabajo, podés leer la primera nota de esta serie: ¿Qué sentimos por nuestro trabajo?