¿Para quién trabajamos?

por Claudina | Abr 15, 2026 | Reflexiones que transforman

Hoy convivimos con dos discursos laborales que parecen opuestos, pero que funcionan —cada uno a su modo— como mandato. Por un lado, el viejo paradigma de la carrera lineal, el currículum impecable, la estabilidad y la idea de que un “buen trabajo” es aquel que nos da seguridad, reconocimiento y previsibilidad. Por otro lado, el nuevo paradigma de la independencia, el emprendimiento y la promesa de que “si querés, podés”: ser tu propio jefe, monetizar tu pasión, trabajar desde cualquier lugar y vivir sin horarios.

Entre ambos extremos, la realidad actual es más compleja y más incierta: trayectorias zigzagueantes, trabajos híbridos, proyectos múltiples, autoempleo, precarización, expectativas cambiantes y un ruido constante sobre cómo “deberíamos” trabajar para ser felices, productivxs o exitosxs.

En ese ruido —hecho de discursos heredados, tendencias del momento y necesidades muy reales— se vuelve fundamental una pregunta: ¿para quién estamos trabajando realmente? ¿Para satisfacer modelos externos? ¿Para sostener seguridades? ¿Para cumplir con lo que creemos que se espera de nosotrxs? ¿Para sobrevivir? ¿O para construir una vida que se parezca un poco más a lo que deseamos?

Aun con todos estos cambios, muchos valores y creencias del paradigma tradicional siguen tan arraigados que empezamos a reproducirlos desde muy temprano. Terminamos el secundario o los estudios formales y evaluamos una posible carrera profesional según su “salida laboral”. Empezamos a mirar el mercado, a adaptarnos a lo que pide, a moldearnos para encajar. Y, por inercia cultural, parece lógico medir nuestras decisiones laborales en función de ofertas, empleadores o modelos supuestamente correctos.

Así, durante años trabajamos para otro: vendemos tiempo, energía y presencia a cambio de dinero. Y cuando llegamos a un “buen sueldo”, a la rutina conocida o a cierto reconocimiento externo, esa seguridad puede convertirse en una zona difícil de cuestionar. Porque moverse de ahí implica incomodidad, riesgos y preguntas que muchas veces nunca nos enseñaron a hacernos.

En todo este proceso tan naturalizado, el deseo suele quedar afuera. No nos enseñan a vincular nuestra actividad laboral con lo que nos gusta, con lo que nos da sentido, con lo que se siente auténtico. Por eso desde Glimar decimos que, cuando podemos poner el deseo en primer plano al pensar nuestros roles laborales, pasamos de trabajar únicamente para otros a trabajar también para nosotrxs.

No porque dejemos de tener compromisos —todxs los tenemos— sino porque empezamos a hacer lugar a nuestra propia voz, a lo que nos mueve, a lo que se siente verdadero.

Cuando eso sucede, algo en nuestra energía cambia: estamos más presentes, más curiosxs, más lúcidxs; más dispuestxs a escucharnos y a habitar de otro modo tanto el trabajo como el resto de la vida.

Por supuesto, correrse de un paradigma dominante implica renuncias, dudas, miedos y momentos de incertidumbre. Pero también abre un camino propio, más alineado con quien una es y con lo que desea construir.

Y de ese camino —aunque a veces sea difícil— siempre salimos fortalecidxs.